José Agustín Ortiz Pinchetti
La gran abstención

No nos imaginábamos lo que iba a suceder en la XVIII Asamblea del PRI. La víspera misma yo hubiera podido apostar a que: a) el poder presidencial sobre el PRI quedaría intacto; y b) la reunión de los priístas demostraría su incapacidad de cambiar en serio.

Contra mis suposiciones, el PRI demostró tener vitalidad y ser capaz de volverse a cohesionar, aunque quizás sólo sea por tiempo breve. El Presidente pareció ensayar la fórmula de Gabriel Zaid: ``para hacer la reforma política no hay que hacer nada''. Está por verse si esta capacidad de abstención puede mantenerse en los próximos tiempos.

Nadie puede negar que la XVII Asamblea revivió los rescoldos de la XIV, aplacada en 1990 por instrucciones del presidente Carlos Salinas. En esta ocasión las bases priístas enterraron ideológicamente al salinismo (lo que no es mucho pedir), e intentaron regresar a los viejos principios de la ``Revolución Mexicana'', frenaron la privatización de la petroquímica y rebasaron política y casi físicamente los intentos de ponerles un dique, lanzándose contra los dictámenes conservadores elaborados por la dirigencia partidaria.

He leído cosas interesantes sobre la asamblea: 1) el triunfo de las bases priístas es una vuelta al pasado; 2) el partido se volvió incongruente con el gobierno emanado de él; 3) las declaradas intenciones de reforma no tienen congruencia con la práctica; 4) fue un acto simplemente retórico porque una asamblea no cambia 65 años de práctica política; 5) las resoluciones son oportunistas. El PRI quiere linchar a quien obedeció y reverenció durante seis años.

Pocos articulistas se han detenido a considerar la abdicación de Zedillo como jefe nato del PRI. Parecen desconcertados. Es muy difícil que nieguen que el Presidente ha perdido o ha visto dañado seriamente su control sobre la designación de su heredero, de los gobernadores y en gran medida de los diputados y los senadores. Es decir, que por voluntad propia ha dejado de ser el gran elector y ha desplazado esa tarea hacia el partido. ¿Cuál es el ``gato encerrado''? ¿Cómo el Presidente le va a dar la vuelta a estos candados? La designación de Esteban Moctezuma como secretario técnico del Consejo Político del PRI parece corroborar la sospecha.

¿Y si le concedemos --en pequeña ración-- el beneficio de la duda? Supongamos que el Presidente estuviera dispuesto a hacer la reforma interna del PRI sin hacer nada. Imaginemos que no obstaculizó la integración de las asambleas preparatorias. Que no mandó operadores para controlar su resultado. Que dejó fluir el ímpetu de la base priísta y que, le gustara o no, asumió las consecuencias.

En pocos meses vamos a saber si el Presidente fue sincero o si su actitud fue de astucia perversa o un simple error táctico. Pronto vamos a saber qué sucede con las candidaturas del PRI para las elecciones de 1997. ¿Quiénes serán los aspirantes a las diputaciones, senadurías, a la jefatura política del Distrito Federal, a los nuevos escaños del Congreso capitalino y a las gubernaturas de los estados?

Vamos a ver si el Presidente insiste en ``no hacer nada''. Esa será su prueba de fuego. Por el contrario, si continúan las listas de ``agraciados'' palomeadas en Insurgentes/Violeta, en Bucareli y en Los Pinos, las decisiones de la Asamblea XVII serán una reformeta insignificante y hasta provocadora.

¿Y si todo el poder presidencial, todo el talento, el aparato y los recursos acumulados se concentran en la acción hercúlea de... no hacer nada? Una omisión de ese tamaño acabaría con el control de la Presidencia sobre el partido y rompería el eje del viejo sistema. Como dijo Gabriel Zaid en 1979: ``una reforma de alcances desconocidos estaría en marcha''.