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México D.F. Domingo 5 de septiembre de 2004
¿LA FIESTA EN PAZ?
Leonardo Páez
Olímpicos y taurinos
COMO SIEMPRE, CONFIRMADORA la actuación
de la delegación olímpica, ahora en los juegos de Atenas:
al igual que en lo taurino, el gobierno del cambio tampoco da una en materia
deportiva. Y no porque nuestros atletas y deportistas estén menos
dotados mentalmente que otros, sino porque nuestros políticos y
funcionarios sí.
DE
OTRA MANERA el ciudadano común y corriente no se explica que
para 114 deportistas, sin contar entrenadores, delegados y jerarcas diversos,
el Comité Olímpico Mexicano haya enviado ¡una sicóloga!,
siendo que ante la desneuronización que permea la sociedad mexicana
del falso cambio debieron haber mandado 114 sicoterapeutas, por lo menos.
VELOZ COMO CUANDO nadó en la olimpiada del
68, Felipe El Tibio Muñoz, orondo presidente del Comité
Olímpico Mexicano, en 10 minutos informó y justificó
el tradicional desempeño mediocre de los mexicanos en juegos olímpicos,
reduciendo la función del organismo bajo su responsabilidad a "inscribir,
acreditar y llevar a la delegación; ver por su participación
y facilidades, mientras que la Comisión Nacional de Cultura Física
y Deporte (Conade) se encargó de la preparación (sic)
de los atletas, así como de todo lo relativo a los programas en
general". O sea, nosotros no somos responsables y háganle como quieran.
POR SU QUEENMARYESCA parte -mil 500 dólares
la noche en el barco hotel Queen Mary II, o 17 mil 250 pesillos más
impuesto por poner su optimista cabeza en fina almohada durante 15 días,
lo que arroja unos 300 mil del águila- Nelson Vargas, director de
la Conade, cuando menos tuvo arrestos para reiterar el secreto a voces:
"Durante 30 años han hecho lo que han querido en el deporte. Ellos
siempre han apostado al fracaso del gobierno y es una desgracia para el
deporte nacional".
LA TERCERA PERSONA del plural que evitó
mencionar Vargas son el Comité Olímpico Mexicano y su jefe
vitalicio, Mario Vázquez Raña, otro de los intocables por
el sistema político que nos cargamos, independientemente del nivel
de desempeño mostrado en apenas tres décadas.
POR
ESO, EN el astracanesco escenario del país, olímpicos
y taurinos se parecen, son aspirantes permanentes a la inteligencia que
se pretenden conocedores de los seudocomplicadísimos entretelones
del deporte y de la fiesta de toros, y como son disciplinas tan peliagudas
"ellos" no tienen por qué dar buenos resultados, no obstante su
prolongada cuanto infructuosa experiencia.
SI OLIMPICO ES también sinónimo de
altanería, soberbia y engreimiento, en México el término
taurino se ha vuelto equivalente de lo anterior y, además, de fraude
sistemático, de demagogia que esgrime el hecho remoto de jugarse
la vida delante de un toro disminuido, de compadrazgos, amiguismos, irresponsabilidad,
indignidad y amateurismo.
OTRA COSA SON el taurófilo, el aficionado
y el villamelón, adeptos en diferentes niveles del hoy degradado
arte de lidiar reses bravas. Con razón algunos taurinos -apócope
de taurocretinos- andaban queriendo incorporar la fiesta de toros
a la Conade. ¿Para qué? Pues para obtener resultados como
en Atenas e ir gratis a hoteles de super lujo.
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