Hermann Bellinghausen
Vencidas
El tipo, con sus maneras angustiosas.
Nos hicimos de palabras
sin llegar a las manos.
La casa de al lado dejaba oír
el barullo de un perico excitado
pero melódico y hasta gracioso.
El tipo se arremangó la derecha.
Me arremangué la derecha
y nos sentamos opuestos en la mesa.
Hace años que no hacía vencidas.
Las muñecas y sus fragilidades.
Los codos de lija y el bíceps estancado.
Pero con tal de calmarlo.
El tipo empuñó mi puño
y apretó haciéndose el muy macho.
Acepté para no decepcionarlo.
Clavé mi mirada en la suya fingiendo que el juego
me interesaba.
El perico, como si supiera, arreció la alharaca.
La mesa de madera rechinó,
no era muy buena.
Los angustiados son fuertes.
Tienen los músculos duros
y se empecinan más allá del dolor.
Como es de suponer, forcejeamos.
Sudamos. Enrojecimos. Espumeamos.
Los nudillos pálidos y las venas lívidas.
Creí que sería más fácil.
También él. La atmósfera se llenó
de adrenalina y testosterona quemada.
Estábamos empatando. Algo inaceptable
para ambos. Salimos al último tercio
con todo y sin alternativa.
Qué cansado. Qué carnicería. Qué
saliva.
Un segundo de doble debilidad
me ladeé peligrosamente
del lado equivocado y casi caigo.
Saqué de plano lo que me quedaba
y lo inmolé en un envión último,
desesperado.
El tipo habló, incapaz de evitarlo.
Fue su perdición. La queja soez
le debilitó algún tendón seguro.
La hecatombe de sus brazos fue magnífica.
Traicionó su silencio y los instantes,
los instantes lo doblegaron.
Relajé la nuca, la quijada, los omóplatos.
Solté el desmayado loro de su mano
y gruñí triunfal: ''A ver si así
te callas''. |