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Ver día anteriorLunes 24 de marzo de 2025Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Negociar, negociar, negociar
E

l mundo tiene diversas capas depesada incertidumbre encima, y México, de entre todas las na-ciones, carga con varias capas adicionales. Somos la economía más expuesta a una guerra comercial con Estados Unidos, el país con mayor interrelación cultural y migratoria, y una hipersensibilidad a los vaivenes de los grandes capitales. Dos factores influyen para acrecentar el problema en este sentido: lo mucho que pagamos a los tenedores de nuestros bonos soberanos, y lo expuestos que como plataforma industrial estamos a cualquier declaración de Donald Trump o alguno de sus subalternos.

Hasta el momento, el gobierno de México ha navegado por estas aguas turbulentas con éxito. Sin embargo, cada nuevo ultimátum, cada amenaza de aranceles, tiene un efecto pernicioso sobre los inversionistas. Ante la percepción de riesgo, en el mejor de los casos, frenan decisiones; en el peor, reorientan inversiones de largo plazo, dejando a México en una paradoja que nadie, nunca, podrá explicar a Trump y a sus seguidores: mientras más fuerte sea la economía de México, más empleos generará y menos presión migratoria tendrían en su frontera sur. Que limitar las oportunidades de crecimiento económico para Norteamérica es fortalecer a China como jugador global y perpetuar las causas que llevan a que cientos de miles de personas busquen cruzar el Río Bravo en búsqueda de un mejor destino.

Si la confrontación económica de los Estados Unidos es con China, su apuesta debería ser por Canadá y México como socios y aliados. Pero esto va más allá de lo económico. Esto es político. Tiene que ver con tocar las fibras más sensibles de un país que se siente ultrajado por sus propios socios comerciales, invadido por sus vecinos e insatisfecho con su rol en el mundo. Esa es la gran interrogante de cara al futuro inmediato: ¿la administración Trump privilegiará, como hasta ahora, lo político, o dará cabida a la racionalidad económica que, a todas luces, le llevaría a fortalecer el T-MEC?

Ese criterio político no toma en cuenta la compleja integración comercial forjada entre tres países a lo largo de tres décadas. Ese criterio busca decirle al elector de Pensilvania o Michigan que la inversión que iría a México se reubicó en su estado. Para Trump, hacer a América grande otra vez tiene que ver con reindustrializarla, con hacerla más blanca, anglosajona, conservadora, expansionista y hostil. Cualquier otra interpretación de los meses que hemos atestiguado es un optimismo estéril. Trump quiere regresar al siglo XIX en lo cultural, y a los años 50 de la centuria pasada en lo económico. En el terreno político su apuesta es aún más audaz y amenazante, pues no hay registro moderno de un presidente estadunidense con ese apoyo popular, lo radical de su agenda y el nulo contrapeso institucional. 

No quiero autos construidos en México, dijo apenas el viernes el presidente de Estados Unidos. Cómo explicar que esos autos son los que permiten a su industria nacional competir con China en precio, tiempo, calidad, tecnología y un largo etcétera. Cómo explicar que la industria de autopartes, la pujante Aguascalientes, la emblemática Puebla, o la decena de plantas de tractocamiones en México, no le robaron empleos a Detroit. Cómo explicar que no somos el enemigo ni el problema, sino el aliado estratégico ante la verdadera interrogante del futuro norteamericano. Cómo frenar la implosión sociocultural de la que su elección es sólo un síntoma. Cómo detener el resquebrajamiento de los valores de Occidente, desde la xenofobia y el chovinismo. 

Los éxitos de México en materia económica, asumo, no estarán en el convencimiento ni el triunfo de la razón, sino en la pragmática negociación en otros dos flancos: seguridad y migración. Nuestro vecino se ha puesto en un modo bastante transaccional –véase el penoso caso de Ucrania o Groenlandia– y no queda más que negociar. Negociar sin otro límite que la soberanía, y con la esperanza de sobrevivir estos cuatro años bajo asedio.