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Cercanía del vértigo
C

onozco el vértigo. Desde que me acuerdo, tengo. Episodios a lo largo de mi vida, uf, en manojo. Este comenzó cuando alcancé la escalera de caracol en aquella altura que hasta cierto punto he olvidado. Me vi en lo alto de una arboleda que se perdía hacia abajo en la bruma. Un familiar engarrotamiento me punzó las piernas, paralizante y eléctrico. Como decía, conozco la sensación espantosa y sus cautelas. Ataca en pretiles, campanarios de iglesias antiguas, azoteas sin barandal, o aunque lo tengan, al borde de un acantilado, en determinadas ventanas abismales, elevadores transparentes, escaleras de emergencia, postes de bombero y la rueda de la fortuna en las ferias de pueblo.

Los escalones desenrollaban su espiral hacia abajo. Consistían en tablones viejos, cuarteados, con fallas y astillas. El poste central de la estructura fungía como mástil y como única guía para el ineludible descenso. Titubeé los primeros pasos, pero no tenía de otra. Temí perder la compostura y aferrarme al mástil, paralizado de pánico, casi de rodillas, ridículo. Me sobrepuse, como siempre que debo hacerlo, y reanudé el descenso. Nunca sé si es peor ver o no ver para abajo. Por eso acabo haciendo las dos cosas y no sé la respuesta. Después de bastantes metros alcancé la altura del follaje entre despeinadas copas de árbol y casi enseguida me engulló la bruma, que se adensaba llevándome al encuentro con el bosque y la niebla.

Pese al rechinante compás de algunos escalones flojos y poco fiables, mal que bien seguí el descenso. Pronto no distinguía mis manos, ni la herrumbre que las enrojecía de tanto aferrarse al mástil, y a los pasamanos en tramos donde los había. Las vueltas de la espiral me estaban mareando. A una altura indeterminada me detuve, osé incluso sentarme en el escalón del momento, me limpié el sudor de la frente y el cuello, aspiré hondo, suspiré, y para reflexionar encendí un cigarro, que siempre es una medida razonable de tiempo. Podía encontrarme al borde de la muerte, pero no lo sentía. La fobia a la altura que determina estos vértigos no implica miedo a morir, sino a que me succione el vacío, jale mis piernas y me lleve a un fondo sin término.

Me rodeaba el silencio del bosque, rico en ruidos delicados, en sordina, múltiples. La voz de los animales y de los elementos, sus intercambios móviles envueltos en una blanca luminosidad impenetrable, compactamente nube, cómplice. Sin soltar el mástil que servía de eje a la escalera me incorporé y reanudé el paso, o sea, seguí girando. ¿Faltaba mucho? Qué tal si la escalera se internaba ahora en un pozo, se me había pasado el nivel del suelo y quedaba atrás, ya sobre mi cabeza.

Ni así me detuve. La oscuridad comenzó a matar el blancor de la niebla, que le crecía como un hongo, y trajo el verdadero silencio. Húmedos, musgosos, resbaladizos, los escalones eran lo único real. Me había acostumbrado tanto al vértigo que lo olvidé. Las fosforescencias del abismo permitían percibir el siguiente peldaño, pero lo mismo daba si cerraba los párpados. Mientras no soltara el mástil, mis pasos repetirían la secuencia. Me hundí en la noche.

Pasado cierto tiempo, un resplandor como de aurora ensució la tiniebla. Se abrió un claro, escuché arriba un vuelo de aves. El vértigo me atenazó las piernas cuando me vi en lo alto de una arboleda que se perdía escalera abajo, hacia la bruma.