n días recientes se llevó a cabo en Bellas Artes el muy esperado estreno en México de la gran ópera Lady Macbeth de Mtsensk, de Dmitri Shostakovich, título indispensable en el catálogo operístico del siglo XX y de otros siglos. Empiezo por el resumen y después paso a los detalles. Muy sólida dirección musical de Migran Agadzhanyan, quien obtuvo un rendimiento superior de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, logrando pasajes de gran potencia, contrastados con la contención necesaria para que (¡milagro!) fuera posible escuchar las voces de los cantantes con claridad, presencia y proyección. Acaso se extrañó un poco más de punch vocal en el personaje del timorato Zinovy Borísovich interpretado por Evanivaldo Correa. La dirección escénica de Marcelo Lombardero, unitaria y coherente de principio a fin, con numerosas pinceladas de buen teatro y una propuesta general cuyos apuntes de modernización y actualización no caen en ese feo vicio que es lo estrafalario y disruptivo
per se, sino que contribuyen a la universalización de los temas tratados en la ópera. Acierto clave utilizar como telón un facsímil parcial del infame libelo Caos en vez de música que Stalin y su inculto y estúpido esbirro cultural (uno más) Andréi Zhdanov pergeñaron en el periódico Pravda contra Shostakovich y esta retadora ópera suya que, alejada de los chabacanos preceptos del realismo socialista y el Plan Quinquenal en turno, causó miedo, mucho miedo, a los impolutos prohombres soviéticos. Ese contundente recordatorio sobre los peligros claros y presentes de la intolerancia y la censura fue una de las anclas conceptuales de esta estimable Lady Macbeth mexicana.
La puesta en escena acierta desde el inicio al enfatizar el tedio doméstico, existencial y sexual de Katerina Izmailova, así como la mezquindad y la venalidad de su entorno. Una vez planteada la circunstancia general de la miserable vida de esta mujer, el espectador se ve confrontado con diversas simas de la condición humana: la brutalidad no del bruto, sino del embrutecido; la vileza no del vil, sino del envilecido; la violencia de todo tipo como modus operandi. Tres destacados detalles a vuelapluma: la deliciosa presencia de una sarcástica banda de metales en escena; el buen trabajo de preparación para la pronunciación del complejo idioma ruso; el acierto de situar el elemento obrero/fabril de la acción en una carnicería. Después de todo, ¿qué es la esencia de esta ópera sino una carnicería moral y emocional? Y es, además, un ilustrativo estudio de las perversas relaciones (personales, sociales, políticas) entre las jerarquías claramente marcadas; esto también fue perceptible en la puesta en escena. El recuento de los daños planteado en el texto original de Leskov y en el libreto de Shostakovich y Preis, y bien perfilado por Lombardero, no podía ser más elocuente: dos adulterios, una violación, una escena de tortura, tres asesinatos, un suicidio, más diversos actos no menores de acoso y violencia laboral, sexual, conyugal, doméstica, policial… ¡ya quisiera, la más ruda de las óperas veristas! Esta puesta en escena de Lady Macbeth de Mtsensk, con sus numerosos aciertos musicales y escénicos, confirma cuánto más satisfactorio puede ser, en lo artístico y en lo humano, contemplar un duro retrato de la atroz naturaleza humana como éste, en vez de suspirar y acongojarse por las misteriosas enfermedades decimonónicas que matan a la bordadora o a la cortesana, o los amoríos contrariados de esta princesa o aquella sacerdotisa.

Del Rosario/SC federal
Acerca del personaje titular, muy bien cantado y actuado por Lada Kyssy: se equivocan, cabalmente, aquellos que han querido ver en Katerina Izmailova (por convicción o por conveniencia coyuntural forzosa) a una mujer empoderada, rebelde y triunfante; por el contrario, su inexorable descenso al abismo (literalmente), bien retratado en esta versión de la ópera, representa uno de los destinos más trágicos de cualquier antiheroína del mundo de la escena. No creo que el asesinato del esposo, el suegro y la rival sea un camino eficaz hacia la liberación. Una prueba más, entre muchas posibles, es el hecho aparentemente menor de que además de las sórdidas condiciones de su anodina vida cotidiana, Katerina es analfabeta: sobre llovido, mojado.
No puedo dejar de mencionar, finalmente, que alrededor de este necesario y exitoso estreno mexicano de Lady Macbeth de Mtsensk se dio uno de los mayores despropósitos en la historia del género, cuando la soprano Lada Kyssy afirmó en entrevista (citada en la nota publicada en estas páginas por mi colega Ángel Vargas) que esta ópera se parece a una película de Quentin Tarantino. Comparar la gran obra de Shostakovich con el inútil cine de ese mediocre y petulante imitador, o suponer que la sangre vertida en el escenario es lo más importante del asunto, significa no entender nada de nada.