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México D.F. Lunes 16 de junio de 2003
ƑLA FIESTA EN PAZ?
Leonardo Páez
Federico Garibay, torero
TODO AFICIONADO PENSANTE recuerda con respeto y cariño al fino periodista taurino Federico Garibay Anaya, tanto por sus elegantes crónicas como por su espléndida novela Pío Granda Dulzuras, así como por su inolvidable manera de decir poesía, pero pocos lo ubican como el joven tapatío soñador de gloria -Pacorro Páez dixit- que recorrió la legua por ignotas plazas de su natal Jalisco, donde varias veces se enfundó en el terno de luces.
"CIERTA VEZ -me cuenta su paisano y amigo, el joven y culto cronista Juan Antonio de Labra- se fue a torear Federico una vacada de luces a Yahualica. Su nombre figuraba como cuarto espada del cartel, en el que se anunciaba que habría una quinta vaca para los valientes que quisieran torear. Pero había un problema, -refería Federico-, sólo eran cuatro vacas de desvieje, flacas y cornalonas, y como la última me correspondía lidiarla a mí, el público ya no tendría oportunidad de echarse al agua, así que cuando cogí la muleta y la espada comenzaron a increparme.
"DEL TENDIDO, COMO racimos -evocaba Garibay- se descolgaron decenas de rancheros y campesinos, muchos de ellos en alarmante estado de ebriedad. La vaca, exhausta, se detuvo delante de mi muleta luego de que le había dado varias tandas. La gente, deseosa de vérselas con la res, comenzó a hacer un cerco en torno al sitio donde yo intentaba seguir toreando. Más tarde, entre pinchazo y pinchazo, mantenía alejados a aquellos intrusos blandiendo la espada.
"MIENTRAS TANTO, DESDE lo más alto del graderío caían latas, botellas, piedras y naranjas. En un descuido, uno de los borrachos se montó sobre el lomo de la agotada vaca y yo volví a tirarme a matar con el consiguiente peligro de atravesarle por lo menos un muslo. De pronto, el improvisado jinete sacó un cuchillo y descargó un certero golpe de puntilla sobre la vaca. Ambos rodaron con estrépito a mis pies y la bronca me cayó encima con mayor encono. No lo podía creer. Tuvimos que salir por piernas en medio de una lluvia de piedras."
EN SU INCREIBLE VIDA de torerillo de la legua, aquel riguroso académico de refinado estilo y sólida formación vivió infinidad de anécdotas en su afán por torear lo que le echaran. "Otro día -prosigue emocionado Juan Antonio de Labra- llegamos Federico y yo a Ayutla, con el propósito de presenciar una corrida en la que actuaban Mariano Ramos, Jesús de Anda y Franco Cadena.
"ANTES DEL SORTEO había 'Toro de Once' en aquel lienzo charro. En el ruedo estaban algunos choneros y novilleros de Guadalajara, entre los que distinguí al pintoresco Pipiolo y a Manolo Fuerte. Nos asomamos desde la última fila del tendido y Federico, sin decir nada, bajó corriendo y brincó al ruedo, donde le ofrecieron un capote y atrabancándose dio cuatro lances a un cebú apretalado al que un charro intentaba lazar. Minutos después subió jadeante, feliz, y me dijo: 'Mira, diestro, por lo menos yo ya eché capa'." šVaya afición!
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