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de Mayra Inzunza sobre Del pez globo al pavo frío
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DEL PEZ GLOBO AL PAVO FRÍO
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Stuart Walton,
Una historia cultural de la intoxicación,
Océano,
México, 2005. |
La vida es un thriller cuando no encuentro al dealer.
Lema de la Marcha Pacheca
Tras haber lanzado sendos números sobre mariguana y hongos alucinógenos, recientemente la revista Generación publicó un especial dedicado a la cocaína. Su presentación demostró la admirable voluntad de Martínez Rentería para exponer temas prohibidos, pese a tener como respuesta una asistencia sorda, ansiosa y estupefacta.
Stuart Walton |
No son los estupefacientes, sino su satanización, lo que ha entumecido la curiosidad del público por saber respecto a estas y otras cuestiones. "Di no a las drogas" podría leerse como "di no a la información", y es lo que buscan combatir los organizadores de la Marcha Pacheca habilitando para ello bibliotecas especializadas, por ejemplo las del Centro Cultural La Pirámide, el Parque México o El Faro de Oriente. Poco antes de la manifestación internacional a favor de la legalización de las drogas, este año nuestra Cámara de Diputados propuso que se permitiese a los usuarios portar una cantidad, digamos personal, de algunas sustancias tóxicas. A la mañana siguiente, Fox rechazó tal iniciativa. Para los interesados en la discusión sobre el tema, fue como si un heroinómano japonés en Nueva York despertara en pleno día de Acción de Gracias, no con un manjar cuyo consumo estaría sujeto a responsabilidad suya, como sería el pez globo, sino ante el pavo frío de la abstinencia.
Se ha argumentado que una condición de vida desesperada genera la necesidad de evadir la cotidianidad a punta de, pongamos por caso, monas, pero no es sino la polarización del poder lo que propicia tal situación: como que connacionales más privilegiados se dan cita en bares holandeses al tiempo que clasemedieros ávidos de peyotours veranean en El Quemado. Y es que, en un Estado presuntamente a favor de la flexibilidad arancelaria, el comprador debiera gozar del derecho a consumir lo que se le antoje, no sólo aquellos productos cuyas campañas publicitarias sugieren que, tenerlos, implica acceder a paraísos en general más allá de nuestro alcance –por eso se ha dicho, con un sentido ambiguo, que la realidad es para quienes no consumen drogas.
Los fumadores protestamos porque restringirnos a un área delimitada en los lugares públicos, si bien protege la salud de quienes omiten el uso del cigarro, nos marca señalándonos como distintos del resto. Por otro lado, en el debate en torno al alcohol, suele dejarse de lado el derecho hedónico de los enólogos, así como las virtudes sociales de una ingesta moderada del radical OH que no necesariamente implica conductas delictuosas, ni siquiera impertinentes; por el contrario, ya conocemos el resultado de ese acérrimo prohibicionismo que fue la ley seca estadunidense. Si, según afirma el báquico Savater en su introducción al ensayo de Stuart Walton, el primer condenado por poseer sustancias ilegales fue Alcibíades, quien robó el brebaje alucinógeno para la iniciación en los misterios eleusinos con fines más bien juerguistas, la persistencia de trasnochados que se intoxican sin importarles la embriaguez romántica ni el viaje beat, vamos, ni siquiera autodiseñarse a lo neopunk mediante sustancias psicoactivas tipo mdma, quizás todo ello sólo denota nuestro deseo por experimentar, en su acepción de juego, como niños que incesantemente giramos o aguantamos la respiración hasta el mareo, el cual produce que entrevamos puntos de color rosa que luego interpretamos como elefantes.
En este contexto, no cabe sino festejar la edición en español, por demás lúdica, gozosa, de Una historia cultural de la intoxicación (Océano, 2005), primer estudio cultural de las drogas, lectura necesaria en México dada la desinformación generalizada, de la cual, quienes detentan el poder, se ha visto, sólo echan mano para su propio beneficio.
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